La formación religiosa

Un tiempo para dimensión religiosa

El ser humano es un ser religioso por naturaleza. Todas las culturas han desarrollado este aspecto tan humano que les permite responder a sus más altas aspiraciones a trascender y a relacionarse con lo divino. El hombre se descubre en un mundo y un universo no hecho por él, pero que lleva la huella de un Creador que lo busca y que quiere ser encontrado.

La religión, siendo tan natural al ser humano, se ha convertido para muchos en algo ajeno, en algo privado, y en ocasiones en algo artificial. La religiosidad de la persona nace con ella y va creciendo con ella. Así como en la casa se aprende a hablar y a relacionarse con los demás, sería lo más natural que la religión se adquiriera de la misma manera. Que el niño aprendiera a relacionarse con Dios viendo a sus papás y a sus hermanos haciéndolo. Así como es natural aprender a tratar con el abuelo, del mismo modo habría de aprenderse a tratar con Dios. Y así como el niño no se avergüenza de su relación con los suyos delante de la gente, tampoco tendría porqué avergonzarse de su relación con Dios delante de los demás.

Sin embargo, nos encontramos en una sociedad que invita, en muchas ocasiones, a dejar la religión de lado; que exige no mostrar las propias convicciones, a riesgo de ser tildado de “fanático”, si es que no hay represalias de otro tipo. No falta quienes piensan que los problemas del mundo se solucionarían si no existieran las religiones.

Y quien así piensa, no ha descubierto la hondura de su propio espíritu que lo invita a buscar el sentido de las cosas más allá de lo puramente visible. La religión es una respuesta a una búsqueda natural del hombre. La religión es parte esencial de la vida de toda persona. Quien no ha conocido a su Creador, es como aquel que no ha conocido a su madre. Puede sobrevivir, pero se ha perdido de algo muy grande e importante.

Es por este motivo que la formación religiosa cobra importancia, en toda época. Y es que la religiosidad es de tal manera parte constituyente de la persona, que si no se le satisface con una religión de verdad, termina creándose la propia. No es de extrañar el auge de la magia y la brujería en nuestras sociedades que buscan relegar a la religión.

Sólo en la religión la persona es capaz de encontrar las respuestas a los grandes interrogantes de la vida: quién soy, de dónde vengo, a dónde voy, el por qué del sufrimiento. Sólo la religión da un soporte estable y coherente a los valores que se viven. Si al final no se me tomarán en cuenta mis actos, ¿para qué portarme bien? Si no hay un Tú que me interpela, enseña el camino y me invita a amar a los demás como a mí mismo ¿qué sentido tiene el esfuerzo para ayudar a los demás? Cada vez son más comunes los casos en los que al perder la relación con Dios, se ha perdido también la relación humanitaria hacia los demás. Ya no es tan difícil encontrar a madres de familia, que al arrancárseles su religión con tantos cursos que están de moda, abandonan a sus maridos e hijos y se dedican a vivir para sí mismas. Si se les ha quitado Dios, todo lo demás cae.

La religión es algo que se ha de aprender en familia, desde la más tierna edad. Y es el mejor servicio que los padres pueden hacer a sus hijos. Los hijos nos son dados para que los preparemos para la vida, pero no sólo para esta, sino también para la eterna. Y es en esta vida cuando construimos nuestra eternidad. Cada uno es responsable de hacerlo. No podemos construir la vida eterna del hijo, pero sí le podemos dar los elementos para que él mismo lo haga. La religión es la herramienta adecuada para hacerlo.

Hay quienes piensan que es mejor no enseñar la religión a los hijos para dejarlos en libertad de elegir la suya propia cuando sean grandes. Ciertamente no debemos imponer la religión al hijo, pero sí debemos alimentar su espíritu, y éste se alimenta de los elementos que le ofrece la religión: una espiritualidad, unas normas de vida, unos ejemplos a seguir, unos valores a encarnar… El espíritu pide alimento, si los padres no dan uno nutritivo el hijo encontrará cualquier otro tipo para llenar su vacío. Y esto no siempre será nutritivo. Ya cuando tenga edad de decidir sobre sí mismo, podrá escoger alguna otra religión si la propia no le satisface, pero mientras tanto, no se le puede dejar morir de inanición.

La religión es parte esencial en la vida de la persona. Es necesario ayudar a los hijos a despertar este aspecto tan importante de su personalidad, si no queremos truncar su desarrollo integral.

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