Un tiempo para abrir los ojos y el corazón a los problemas de los demás

Un tiempo para social (1)

Usar ropa de marca era crucial. Cuidar con esmero qué ponerse para salir con las amigas, también. Al regreso a casa el tema de plática… o ¿crítica?… dejémoslo en plática, siempre giraba en torno al atuendo, el peinado, las uñas, el bolso… de sus compañeras. La carrera por ver quién estrenaba más parecía imparable. En casa se empezaron a preocupar. Si esto pasaba a los 13… ¿qué les esperaba para los 15 o 16? Se daban cuenta del cambio de Karla, pero no lograban hacerle entender. Por más que buscaban conversar con ella sobre otros temas, siempre terminaba en la moda, en las compras y en la necesidad de no quedarse atrás. Intentaron restringirle el dinero. Pensaron que no darle todo lo que quería y pedía podría ser una solución. Sin embargo, ella no lo vio así. Dejó de hablarles, e incluso, de asistir a las fiestas y reuniones por la “vergüenza” de presentarse con su ropa de siempre… La convivencia familiar se vició mucho. Se hizo casi imposible pasar un rato a gusto cuando ella estaba presente. Sus papás no sabían qué hacer. Hablaron con otras familias y veían que sus hijas iban más o menos por la misma dirección. Estaban realmente preocupados.

Un buen día recibieron una invitación para participar en unas misiones rurales. Toda la familia iría junta a vivir, por una semana, en un pueblo pobre, visitando todas las casas para platicar con la gente, ver sus dificultades, e invitarlos a la consulta gratis de los doctores que iban con el grupo. Organizarían actividades para niños, para jóvenes y para adultos… en fin, sería una semana para entrar en contacto con esa otra realidad que existe en el mundo y para desintoxicarse un poco del materialismo en que se encontraban. Decidieron ir y lo informaron a los hijos… ¡NI HABLAR! Fue la respuesta de Karla. Ella no estaba dispuesta a perder SUS vacaciones para pasarlas en un pueblo sucio. Pero la decisión estaba tomada. Irían y pasarían una semana diferente en familia.

Llegó el tan anhelado, y a la vez temido, día de partida. Karla iba de mal humor. Recordó a sus papás que ella no iba, sino que la llevaban. Y así empezó la aventura. A simple vista, el pueblo no estaba tan sucio como se lo imaginaba. La casa donde se hospedaron era muy pequeña, ¡con tan sólo un baño y una regadera para todos, una televisión en común, y unas cuantas gallinas alrededor! Pronto conoció a Lupita, la hija de 11 años que vivía ahí. ¡No se quejaba de nada y parecía que nunca se le apagaba la sonrisa! Esta niña se convirtió en su sombra y la acompañaba a todos lados. Al principio no le gustó, casi la ignoró, pero poco a poco su dulzura la fue ganando. Un día, platicando con ella, se enteraron que llevaba varias semanas sin ir a la escuela porque se le habían roto sus zapatos, y sus papás no tenían dinero para comprarle otros. Karla inmediatamente saltó diciendo, “Yo le doy los míos”. Sus papás no lo podían creer.

Y así fueron pasando los días, no sin dejar su huella en los misioneros. Karla iba visitando las casas, platicando con la gente y admirándose cada vez más de lo cálido que se mostraba su papá, siempre presto a dar una palabra de aliento o a mostrar una posible solución a quien le preguntara. Tampoco le pasó desapercibido el efecto positivo de la sonrisa de su mamá al escuchar las dificultades y problemas de aquella gente. Y empezó, sin darse cuenta, a valorarlos más. De repente, se encontraron todos, el domingo, caminando por una calle sin asfaltar, platicando, cantando y sonriendo juntos, como en muchos meses no lo hacían.

Así, llegó el último día. Entre lágrimas y risas se despidieron de todas aquellas personas que habían conocido en esa inolvidable semana de vacaciones. Ellos pensaban que iban a dar, y se dieron cuenta de que fueron a recibir. Aprendieron mucho de las necesidades de la gente, y de lo que realmente es importante en la vida; a relativizar sus propios problemas y a apreciarse mutuamente. Pero lo más trascendente de todo, aprendieron que no están aislados en este mundo, que no todos viven como ellos, y que sí pueden hacer algo para aliviar el camino difícil de los más desfavorecidos.

Ya de camino a su casa, Karla, con lágrimas en los ojos, abrazó a sus papás y les agradeció el haberla llevado a pasar esa semana tan maravillosa. Estaba feliz con su nueva amiga, y no quería dejarla en el olvido. Para sorpresa de todos, les pidió regresar al pueblo una vez al mes, para seguir ayudando. Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces van el último domingo de cada mes.

Esta experiencia abrió los ojos y el corazón de Karla y de su familia. Aprendieron a valorar y a compartir lo que tienen: no sólo las cosas y el dinero, sino también su tiempo, su experiencia, su buen humor y hasta su vida familiar.

Esta vivencia, tan enriquecedora, es muy aconsejable para toda familia, para enseñar a los hijos el verdadero valor de las cosas. En el mundo hay un sinfín de diferencias y no pocas injusticias. No está en nuestras manos terminar con todas, pero sí el abrirnos y ayudar a la gente que encontramos en apuros. No habrá que irse lejos para hacerlo, sólo hay que tener bien abiertos los ojos y el corazón a los problemas de los demás.

Tomado de Pedagogía en casa: claves para una buena educación en el ámbito familiar. Ed. Limusa

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