Sobre la autoestima de los hijos

Un tiempo para dimensión afectiva

Tu hijo requiere de una autoestima sana para desarrollarse de manera adecuada. Una percepción negativa de sí mismo lleva a distorsionar las relaciones con la familia y con los amigos; influye en el modo de hablar, de actuar y de concebir la vida; y puede ser la causa de una hipersensibilidad que lo haga inseguro, abúlico o miedoso.
No son pocos quienes piensan que el remedio contra una baja autoestima consiste en decir al hijo que todo lo hace bien y en quitarle los obstáculos. Por ello, muchos papás no se atreven a corregirlo para que no se “traume”. Esto, lejos de ayudarle, lo debilita para cuando llegan los momentos de real dificultad.
¿Qué se puede hacer, entonces?
Primeramente, hay que ayudar al hijo a conocerse y a aceptarse. Para esto, es importante que se sienta apreciado aun con sus defectos y limitaciones. De nada le sirve creerse “perfecto” y pensar que es querido por eso, lo cual lo hace vivir bajo una presión muy fuerte que, muchas veces, lo impulsa a mentir para esconder sus faltas, o a hacer trampa para “dar la talla”.
También será conveniente no compararlo con otros, sean sus hermanos, primos o compañeros del colegio. Esto crea enemistades, que lo pueden conducir a ser desleal o envidioso. Una actitud más sana es la de luchar por superarse a sí mismo, tratando de ser cada día mejor, según sus propias posibilidades. Que los demás lo hagan mejor o peor que él no cambia en nada lo que él vale.
Cuando el hijo es pequeño, el concepto que se forma de sí depende en gran medida de la opinión de los demás: en un principio de sus papás y hermanos, más adelante de los profesores, compañeros y primos. Opinión que no sólo percibe a través de las palabras, sino mediante la forma en que lo tratan, los permisos que le dan, los retos que le ponen, la confianza que le demuestran, lo que le aplauden, lo que le corrigen, lo que le critican, etcétera. Conforme va creciendo, la opinión de sus coetáneos va adquiriendo cada vez más fuerza, pudiéndose convertir en una verdadera tiranía que le dicte lo que debe o no hacer. Para evitar esto, hay que auxiliar al hijo a formarse un concepto un poco más objetivo e independiente de lo que piensen los demás; a irse conociendo (pues se encuentra en una etapa de muchos cambios), a irse aceptando, a tenerse paciencia y a saber que, con ayuda y constancia, puede ir mejorando, formando o superando los aspectos que no le gustan de sí mismo. Para esto, el papel del adulto es vital, pues en la pubertad y la adolescencia se tiende a la subjetividad precisamente por estar descubriendo su propio yo. Hay que ayudarle a confiar en que en sus papás tiene un espejo seguro, que no lo defraudará, al que puede acudir siempre para verse con objetividad, sin el riesgo de ser rechazado.
En todo este proceso, los ideales son fundamentales como defensa y antídoto contra la presión que el grupo pueda ejercer sobre el púber. Ellos (los ideales) son los que mueven a la persona; y son causa y reflejo, a la vez, del concepto que se tiene de uno mismo. Ellos nos muestran de lo que el hijo se cree o se siente capaz; y, en la medida en que lo va logrando, van fortaleciendo y madurando su propia imagen.
Por lo anterior, un buen educador procurará fomentar grandes y nobles ideales en sus hijos o alumnos. Los ideales no se enseñan, se contagian. Es necesario poner a los niños y jóvenes en contacto con las historias y las vidas de los grandes héroes (en todos los campos: de los deportes, de la medicina, de la ciencia, del arte, de la acción social, de la religión) para que se les antoje hacer algo grande con su vida.

Tomado de Pedagogía en casa: claves para una buena educación en el ámbito familiar. Ed. Limusa

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