Nuestra mejor herencia…

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Una preocupación común de todo padre de familia es el porvenir de sus hijos. El futuro es siempre incierto y uno quisiera proporcionarles algo que les asegurara su felicidad aun cuando faltemos. Ante la incógnita del mañana, nos preguntamos qué es lo mejor que les podemos dejar: ¿riquezas y una buena posición?… son muy útiles, pero frágiles, se acaban en un momento y no aseguran la felicidad; ¿una carrera universitaria?… muy conveniente, sin ser la respuesta a todas las necesidades de la vida; ¿una familia?… muy de desear. Pero todos estos bienes quedan supeditados a la capacidad que tengan de aprovecharlos. De nada sirve dejarles millones si los van a malgastar en vicios, o una carrera si no encuentran trabajo, o una familia si no la saben apreciar. Podemos dejarles muchas cosas, pero sólo una les garantizará su felicidad: la capacidad de dar y recibir amor.
(…)
En un mundo que fomenta el individualismo y la búsqueda de placer a toda costa, este tipo de amor corre el riesgo de ser visto como algo utópico, y de no ser puesto en práctica. Muchos de nuestros hijos no aprenderán a amar de verdad sin una adecuada educación para el amor, pero para un amor entendido como esa búsqueda del bien del otro. Una educación que no se queda en dar información, sino que acompaña a los hijos en su crecer por la vida para que vayan formando un corazón capaz de dar cabida a los demás; un corazón atento que sepa descubrir las necesidades y gustos de los otros y que tenga las agallas necesarias para salir de sí mismo y buscar, con hechos concretos, el bien de los demás; un corazón listo para perdonar al que cometió un error y se ha arrepentido. Sólo en la medida en que se vive este tipo de amor se llega a la verdadera felicidad, aun ante las condiciones más adversas. Una felicidad apoyada en otras cosas: éxitos, riquezas, poder, placer, amistades… corre el riesgo de desmoronarse en cualquier minuto. Una felicidad fundada en la búsqueda de la del otro es mucho más duradera y es capaz de vencer cualquier contrariedad que se le presente. Ésta será la mejor herencia que podamos dejar a nuestros hijos y a la sociedad: educarlos para el verdadero amor, que trae la auténtica felicidad.

Tomado de Pedagogía en casa: claves para una buena educación en el ámbito familiar, de Liliana Esmenjaud. Ed. Limusa

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