Reflexiones sobre la infancia

Para la mayoría de nosotros, la infancia ha sido una etapa muy feliz de nuestra vida; pero para otros, por desgracia, las circunstancias los han obligado a asumir responsabilidades, más propias de adultos, quitándole el mágico encanto a esa edad. Vienen a la mente tantos niños en África a quienes se les ha robado su niñez, cambiándoles la pistola de juguete por una de verdad. Ya no tienen tiempo para la fantasía, pues han sido inmersos en una realidad muy cruda; o esos otros en las grandes ciudades, que han de cubrir las responsabilidades de un progenitor ausente, haciendo propias, de este modo, tareas y preocupaciones que no les corresponden.
child-1166349_960_720
Ante este panorama, contrastan las memorias entrañables de tantos otros que tuvimos la fortuna de gozar de una infancia dichosa, cuando todo era juego y alegría, sin preocupaciones ni responsabilidades personales. La tarea principal era crecer y asimilar el mundo a nuestro alrededor. Los mayores se encargaban de satisfacer nuestras necesidades. ¡Qué fácil parecía la vida en ese entonces!
Un buen día crecimos y las cosas se empezaron a complicar. Nuestro mundo interior despertó y nos descubrimos diferentes a los demás. Nos empezamos a independizar de la familia y a refugiar en el grupo de amigos. Con la edad, la responsabilidad personal fue aumentando, dándonos cuenta de que cada acción tenía sus consecuencias, a las cuales teníamos que responder. Ya no valía que papá diera la cara por nosotros. Sin embargo, cuánto nos sirvió de guía su ejemplo y cercanía, aunque no lo reconociéramos en ese momento.
Y así, pasaron los años y nos fuimos adueñando cada día más de nuestra vida. Escogimos carrera y formamos nuestra propia familia. En ese instante redescubrimos todo lo que nuestros padres habían hecho por nosotros. Revaloramos su apoyo y educación, y nos dimos cuenta de que las cosas no eran tan “fáciles” como nos parecían de pequeños.
Llegan los hijos y el ciclo se repite. Ahora nos corresponde hacer que su infancia sea tan feliz como la nuestra. Que puedan disfrutar de esa etapa “sin responsabilidades” para dedicarse no sólo a divertirse, sino a formarse y a desarrollar de la mejor manera su potencial. Nos toca no sólo disfrutarlos mientras son pequeños, sino prepararlos para que hagan algo grande y bello con sus vidas. Nos toca enseñarles a ser felices y a hacer dichosos a los demás.
Y ante esta responsabilidad nos preguntamos ¿cómo hacerle? Parecería que nuestros papás la tuvieron más fácil. El ritmo de vida no era tan rápido. No contábamos con tantos medios tecnológicos que meten de todo en nuestro hogar: noticias, crímenes, ruido, malos ejemplos, etcétera. No éramos tan conscientes de “nuestros derechos” como niños, por lo que dejábamos que nos educaran como mejor les parecía. No exigíamos tantas cosas para jugar. La vida, en fin, era menos complicada.
Aunque mucho de verdad pueda haber en esto, cada época ha tenido sus grandes retos para educar a los hijos. Los niños siguen siendo niños a pesar del contexto en que viven. Y los padres tienen la responsabilidad de educarlos, también a pesar de las circunstancias. ¿Qué fue lo que hizo que nuestra infancia fuera feliz? (O en su defecto, ¿qué fue lo que nos faltó para que lo fuera?) ¿Las cosas materiales? ¿Las muchas actividades? ¿El estar bien vestidos? Lo que puso la base para nuestra dicha fue el sentirnos seguros, sin miedos por el presente. Eso fue lo que nos permitió ser realmente niños. ¿Y qué nos daba esa tranquilidad? El sabernos amados por nuestros papás. Sabíamos que mientras ellos estuvieran nada nos faltaría. Sabíamos que lo mejor para nosotros era lo que ellos nos dieran. Con ellos teníamos atención, cariño, cuidado, casa, comida, educación, diversión… Nuestra peor pesadilla era que nos llegaran a faltar, pues entonces sí, todo se nos caería.
Los niños de hoy, aun en una época distinta a la nuestra, son fundamentalmente iguales a como fuimos nosotros. La base para su felicidad será la confianza que les dé nuestro cariño, atención y cercanía.
Ante la pregunta de cómo evitar esos casos de infancias truncadas, la respuesta no puede ser otra que cuidando a la familia. Está claro que ella es la única garante de los auténticos derechos de los niños. Sólo bajo el cuidado, cariño y protección de los padres se puede asegurar que el hijo se desarrolle adecuadamente. Sólo cuando la familia no existe o se ve amenazada por carencias económicas, educativas o sociales, el infante se ve desprotegido y se puede convertir en objeto de explotación o abuso.
family-838239_960_720
Por este motivo, la ayuda a la infancia pasa siempre por el apoyo a la familia. Invertir el tiempo y el esfuerzo necesarios para que sea un verdadero hogar para sus miembros es la mejor manera de construir una vida y una sociedad.
Tomado de “Pedagogía en casa: claves para un buena educación en el ámbito familiar”.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Pedagogía en casa y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s